En ocasiones, las oportunidades se presentan cuando menos las esperamos.
De tal forma que no estamos preparados.
Y esa situación, que debe ser sinónimo de alegría, se torna en algo ligeramente estresante. Debido a que surge la angustia de perder esa ocasión por no estar listos.
La mente nos suele jugar una mala pasada, reaccionando sin pensar.
Y eso es lo que justamente se necesita: detenerse a reflexionar. Al evaluar la situación, nos damos cuenta de que todo se reduce a un mínimo que se puede controlar.
Más allá de eso, la lección que queda es, como dice un sticker por ahí, estar preparados para lo inesperado.

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